|
Eduardo Llanos Melusa
Chile
Inmolación de Sebastián Acevedo
Si Tú todo lo sabes y eres todo bondad, ¿por qué no respondiste a Sebastián Acevedo? Sólo quería saber en qué cárceles secretas estaban descoyuntando o desollando a sus dos hijos. ¿Por qué dejaste que jugaran al ping-pong con ese padre, haciéndolo rebotar y rebotar de oficina en oficina? ¿Por qué no apagaste con la ayuda del Espíritu Santo aquel fósforo que él acercó a su ropa empapada en parafina?
Es demasiado tarde, Señor de las alturas: ya estás desahuciado por la sombra al pulmón que contrajiste cuando ese padre ardió en siete lenguas de fuego para elevar hacia Ti su última plegaria.
¿Lo escuchas todavía crepitar? Acéptalo: es un cirio en tu misa, una súplica en señales de humo para que asomes entre nubes Tu rostro tiznado.
Señor de las alturas: la nebulosa de tu radiografía nos encapota el cielo de este país enhollinado y nuestras pupilas se cauterizan para siempre ante el carbón agonizante de Sebastián Acevedo.
Que los soles de Tu ira incendien las pestañas del tirano e interrumpan su siesta, esa siesta suya que es nuestra pesadilla.
|